Al frente de un puñado de soldados, en 1540 el extremeño
Valdivia conquistó el territorio del actual Chile, pero trece años después
sucumbió a una emboscada de los mapuches
Por Sergio Pinto. Historiador, Historia NG nº 131
Al cumplir los 40 años, el extremeño Pedro de Valdivia
poseía una larga hoja de servicios a la corona española. Su precoz carrera de
soldado lo había llevado a participar en la batalla de Pavía, en 1525, y en el
célebre Saco de Roma, en 1527. Más tarde marchó a América, inicialmente a
Venezuela y luego a Perú, donde se unió a Francisco Pizarro en sus campañas
contra el Imperio inca. Nombrado maestre de campo, Valdivia se puso del lado de
Pizarro en la guerra civil que estalló en Perú entre los conquistadores. En
1538 fue él quien llevó el estandarte real en la batalla de las Salinas, donde
fue derrotado el gran rival de Pizarro, Diego de Almagro, que fue ejecutado de
inmediato.
Totalmente entregado al servicio del rey, leal a sus jefes y
muy respetado por los hombres a los que mandaba, Valdivia tenía a la vez
grandes ambiciones, como tantos otros conquistadores de la época. Él mismo
escribiría más tarde que soñaba con «dejar memoria y fama de mí» a través de
alguna gran gesta descubridora. Fue justamente la derrota y la muerte de
Almagro lo que le dio la oportunidad que andaba buscando. En 1535, Almagro
había emprendido una expedición de conquista al sur de Cuzco, a través del
inhóspito desierto de Atacama. La historia lo recuerda por ello como el
descubridor de Chile, pero lo cierto es que su aventura resultó un fracaso,
pues los expedicionarios volvieron diezmados y sin haber hallado el oro que
buscaban. Lejos de desanimarse, Valdivia obtuvo de Pizarro la autorización para
emprender la conquista de aquel territorio al sur de Perú.
Conspiraciones y rebeliones
Valdivia tuvo que financiar él mismo la empresa. «A mi costa
y misión conseguí a la gente, hice los gastos que convino para la jornada, y me
adeudé por lo poco que hallé prestado, demás de lo que yo tenía entonces»,
diría más tarde. En enero de 1540 salió de Cuzco con doce españoles y cientos
de indios yanaconas. Le acompañaba también su amante, Inés Suárez, una mujer
aguerrida y astuta a la que hacía pasar por su sirvienta. Durante el viaje se
les unieron varias decenas de expedicionarios, entre ellos Pedro Sancho de la
Hoz, un rico colono que aspiraba a tomar el mando de la empresa y conspiró
repetidamente contra Valdivia, planeando incluso su muerte. Informado de estas
intrigas, Valdivia arrestó a Sancho y sus secuaces, y, aunque sopesó
ahorcarlos, se los llevó consigo bajo vigilancia. La oposición entre ambos se
mantuvo hasta que en 1548 Sancho tramó una rebelión y un lugarteniente de
Valdivia, en ausencia de éste, lo prendió e hizo ejecutar en el acto.
Una nueva ciudad
Tras una durísima travesía por el desierto de Atacama, en diciembre
de 1540 Valdivia y sus compañeros, unos 150 en total, llegaron al valle del río
Mapocho, 2.400 kilómetros al sur de Lima. Allí decidieron fundar una nueva
ciudad a la que llamaron, en honor al patrono de España, Santiago del Nuevo
Extremo, la actual Santiago de Chile. Los inicios de la nueva fundación no
fueron fáciles. Para poder alimentarse, los colonos tuvieron que convertirse en
campesinos: «Todos cavábamos, arábamos y sembrábamos en su tiempo», recordaría
Valdivia, lo que no evitó que pasaran hambre. La causa última de estas
estrecheces era la hostilidad de los indígenas de la región, que hicieron
desaparecer el ganado y los cultivos para quitar el sustento a los invasores.
Además, también se produjeron escaramuzas y ataques.
Cuando Santiago tenía apenas unos meses de vida, los indios
picunches la asaltaron y saquearon completamente. «Mataron 23 caballos y cuatro
cristianos, y quemaron toda la ciudad, la comida, la ropa y cuanta hacienda
teníamos. Nos quedamos con los andrajos que teníamos para la guerra y con las
armas que a cuestas traíamos», escribió Valdivia. Los españoles reconstruyeron
la ciudad, esta vez con casas de adobe en vez de madera y paja. Cuando los
indios volvieron a atacarla, Inés Suárez hizo decapitar a siete caciques
apresados por Valdivia y expuso las cabezas para aterrorizar a los atacantes.
La llegada de víveres y refuerzos desde Cuzco permitió
enderezar la situación en Santiago, y Valdivia pudo pensar en proseguir su
exploración hacia el sur con el objetivo de alcanzar el estrecho de Magallanes.
En 1546 organizó una expedición con 60 jinetes y 150 porteadores indios que lo
llevó hasta el golfo de Arauco, 500 kilómetros al sur de Santiago. Allí fueron
atacados por sorpresa por miles de indios que se mostraron especialmente temibles.
«Vinieron sobre nosotros tres escuadrones de indios, que pasaban de veinte mil,
con un alarido e ímpetu tan grandes que parecían hundirse en la tierra y
comenzaron a pelear muy reciamente. Tras treinta años de luchas con diversas
naciones, nunca he visto tal tesón en la batalla como éstos tuvieron contra
nosotros», recordaría Valdivia. Aunque rechazaron el ataque, los españoles
decidieron retirarse a Santiago. Habían llegado al río Bío-Bío, la frontera del
territorio de los indios mapuches, a los que los españoles llamaron araucanos.
Fue el primer choque con un pueblo que durante más de tres siglos presentaría
una resistencia feroz a los colonos de origen europeo.
Gobernador de Santiago
En 1547, Valdivia hizo un viaje a Perú en el que logró que
lo confirmaran como gobernador y capitán general de Chile, aunque sus enemigos
convencieron al virrey La Gasca para que le impusiera una dolorosa condición:
separarse de su «amancebada» Inés Suárez, que sin pérdida de tiempo se casó
enseguida con otro conquistador. A su vuelta a Santiago, en 1550 el flamante
gobernador organizó una nueva expedición hacia el sur, a fin de fortificar y
colonizar el territorio de los mapuches. Éstos trataron de expulsar por la
fuerza a los invasores, reuniendo grandes masas de hombres, pero la superioridad
del armamento europeo era flagrante; frente a sus corazas,
arcabuces y caballos europeos, los indígenas tan sólo
oponían largas lanzas, mazas y flechas con punta de piedra. De este modo, el
primer gran choque, en Andalién (1550), se saldó con la muerte de entre 1.500 y
2.000 indios por un solo español; a 200 cautivos se les cortó la nariz como
castigo.
Sin embargo, cuando más desesperada era su situación, los
mapuches encontraron un líder que les dio durante varios años importantes
éxitos. Se llamaba Lautaro, tenía apenas veinte años y había pasado gran parte
de su vida como paje al servicio de Valdivia tras ser capturado por los
españoles, lo que le permitió aprender las técnicas bélicas europeas, incluida
la monta de caballos. Hastiado por las brutalidades
cometidas sobre su pueblo, Lautaro se escapó y fue elegido por los suyos para
rechazar a los invasores.
Un terrible final
En 1553, los mapuches destruyeron un fuerte español al sur
del Bío-Bío, después de ahuyentar a su guarnición. Valdivia acudió al lugar,
Tucapel, al frente de 42 soldados y un contingente de indios yanaconas, con la
inten-
ción de reconstruir la fortaleza, pero cuando atravesaba un
bosque se vio rodeado por miles de mapuches. Lautaro los organizó en varios
grupos compactos y los lanzó en oleadas sucesivas sobre los españoles. Sin
tiempo para recuperarse entre un asalto y el siguiente, los españoles fueron
cediendo hasta ser masacrados totalmente. Tan sólo Valdivia y un fraile fueron
capturados con vida. Todos los cronistas aseguran que Valdivia fue ejecutado
tras sufrir terribles torturas. Según la que recoge Góngora Marmolejo, los
indios llevaron a Valdivia a orillas de un lago, le quitaron la ropa y con unas
cáscaras de almeja le cortaron los músculos de los brazos desde el codo hasta
la muñeca, los asaron y se los comieron. Luego lo decapitaron.


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