La biografía de Julio César tuvo todos los ingredientes para
convertirlo en una figura mítica. César fue un hábil estratega y un militar
valeroso, cuyas victorias permitieron extender el territorio romano; fue un
político sagaz, cuyas medidas populistas le granjearon el afecto de grandes
estratos de la población. De la misma manera, destacó como un literato
excepcional, cuyos escritos, como La guerra de las Galias, se cuentan entre los
más logrados del latín clásico. Las conquistas de César permitieron que gran
parte de Europa adoptase costumbres y modelos latinos. Igualmente, las medidas
que adoptó como jefe del Estado romano (entre las que se incluían reformas en
la legislación agraria y en el calendario) impulsaron cambios irreversibles en
Europa.
Cayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 antes de
Cristo (según la fecha más comúnmente aceptada) en un barrio no muy
aristocrático de Roma, cercano a la actual vía Cavour. Se sabe poco de su
infancia, transcurrida en el seno de una familia patricia, la gens Julia, que
pretendía descender de Eneas (a quien se consideraba hijo de Venus), y en la
cual, en algún momento, se había insertado una rama que agregó el nombre de
César. Los miembros de la familia habían vivido al margen de la lucha continua
por los cargos que permitían hacer carrera pública hasta llegar al consulado,
la aspiración máxima.
La infancia y la primera juventud eran breves en aquellos
tiempos. Desde los diez años, César fue puesto al cuidado de Marco Antonio
Gnifón, ilustre maestro, especialista en literatura griega y romana, para que
se ocupase de su educación. Aprendió a leer y escribir en la traducción de la
Odisea hecha por Livio Andrónico. Seguramente sus dotes naturales le
permitieron aprovechar al máximo las enseñanzas de su maestro, de modo que fue
perfeccionando su lenguaje y aprendiendo los rudimentos de la oratoria,
fundamentales para una carrera política.
Julio César
Si bien su familia no había ocupado altos cargos, las
inclinaciones del grupo le volcaban hacia el partido popular. Julia, una
hermana del padre de César, se había casado con Cayo Mario, plebeyo de origen
pero hombre muy poderoso por su capacidad militar. La familia ingresó,
probablemente a través de Mario, en los círculos del partido popular. El padre
de César no pudo sino acceder al segundo cargo de mayor importancia del Estado,
la pretura. Ostentaba dicho cargo cuando su hijo, de quince años, debió asistir
a la ceremonia por la que se abandonaban las vestiduras infantiles orladas de
púrpura y se recibía la toga viril.
A los quince años, en aquel 85 en el que moriría su padre,
César era un hombre. Inmediatamente tomó por esposa a Cornelia, hija de Cinna,
uno de los dirigentes máximos (junto con Cayo Mario) del partido popular y
hombre todopoderoso en Roma. Con esta decisión, la gens Julia terminó por
asociarse en forma definitiva con los intereses del pueblo, enfrentándose al
corrompido patriciado romano. Todo esto debió de resultar algo duro para César,
que era un joven que llevaba una vida libre de prejuicios, liberado ya de la
rigidez de su maestro e inclinado hacia todo tipo de lecturas, incluido el
teatro.
Para casarse con Cornelia tuvo que romper un compromiso
anterior, lo que provocó tensiones en el seno de la familia. César tuvo con
ella una hija, Julia, a la que estuvo vinculado toda su vida y por la que
siempre sintió un profundo afecto, a pesar de que su relación matrimonial con
Cornelia fue casi circunstancial. Al iniciarse su vida matrimonial, César debió
de ingresar en el círculo de hombres importantes de los que se rodeó su tía
Julia, viuda ya de Mario. En esa época fue designado flamen dialis, es decir,
sacerdote de Júpiter, el más importante de los dioses romanos.
En el 82, Sila, que había vencido a Mitrídates, haciéndole
retroceder a las primitivas fronteras de su reino en el Ponto, regresó
victorioso a Roma y, como era habitual, tomó cumplida venganza sobre sus
adversarios «populares»; los asesinó, proscribió el ascenso a cargos públicos
de sus descendientes, incautó sus bienes e instauró una nueva forma de estado,
inaugurando un tipo de dictadura absoluta por tiempo indefinido, concepto
jurídico que César no olvidaría en el futuro. Pero de momento Sila, que tuvo
algunas consideraciones con las familias patricias inclinadas hacia el
populismo, exigió a César que repudiara a Cornelia. César respondió al
mensajero de Sila con un famosa frase: "dile a tu amo que en César sólo
manda César" y optó por el exilio en Asia.
Nada de esto fue fácil; César fue perseguido y se puso
precio a su cabeza. Tuvo que comprar su libertad a un soldado que le había
encontrado, y finalmente, por ruegos de familiares cercanos al dictador y la
intermediación de sacerdotisas de la diosa Vesta, Sila indultó «al joven de la
toga suelta», epíteto que aludía a la costumbre de César de no ajustarse el
cinturón de su toga, que caía así libremente, según un uso que entonces se
consideraba poco viril. Fue un perdón a regañadientes. Sila había columbrado el
temible porvenir del muchacho cuando afirmó, según Suetonio, que Caesari multos
Marios inesse (en César hay muchos Marios), queriendo significar con esa frase
el peligro que entrañaba su resuelta personalidad. César, no obstante, no se
abrevió a regresar a Roma y pasó al servicio del propretor Termes, el cual, por
ser César hijo de un miembro del Senado, le confirió el grado de oficial.
Participó así en la toma de Mitilene de Lesbos, ciudad aliada con Mitrídates, y
su comportamiento militar le valió una condecoración.
Termes decidió entonces enviarlo a la corte de Nicomedes,
rey de Bitinia, un reino en la costa sur del mar Negro y el mar de Mármara, a
fin de afianzar relaciones. Entre Nicomedes y César se trabó una íntima amistad
que fue objeto de rumores, algo muy habitual de la época, por otra parte. El
hecho es que César volvió un par de veces a Bitinia y que, a la muerte de
Nicomedes, el reino sería incorporado a Roma como una provincia más, pasando
todos sus habitantes a ser «clientes» de César. Éste ya era dictador absoluto
de Roma, y aun en las grandes celebraciones (una curiosa muestra de la libertad
de la que algunos gozaban en la Roma de aquellos días) sus propios soldados
cantaban coplas en las que burlonamente se referían a sus probables relaciones
homosexuales con Nicomedes. Sus enemigos le recordarían a menudo este oprobioso
episodio, llegando a bautizarle con el infamante sobrenombre de Bithynicam
reginam (reina de Bitinia).
El ascenso al poder
Muerto Sila, César regresó a Roma en el 78. En su corta vida
había ya adquirido bastante experiencia en los negocios públicos y había
ejercitado su capacidad de mando. Sin duda César pensó que la muerte de Sila le
permitiría un rápido progreso entre los populares, pero se equivocaba. Sila
había dejado todo bien atado, y el poder de los conservadores optimates
("hombres excelentes"), que dominaban el Senado, detenía al partido
popular. Julio César, político nato (y así hay que entenderlo siempre para
comprender el sentido de muchos de sus actos), se propuso profundizar en la
comprensión del laberinto de la cosa pública. Consideró que su formación aún no
había sido completada y viajó a Rodas para estudiar retórica con Apolonio de
Molón, un brillante y renombrado maestro quien encontró en su discípulo
excelentes cualidades innatas para la elocuencia. Sólo Cicerón, que también
había recibido lecciones de Apolonio, le superó entre sus contemporáneos en el
arte de la oratoria.
El emperador Julio César, de Rubens
En el viaje fue raptado por los piratas que asolaban el
Mediterráneo y que vivían del rescate que exigían por sus víctimas. La historia
ha sido sin duda exagerada, pero el temor y el respeto que, según se ha
repetido, los piratas llegaron a sentir por él, son ilustrativos de la
arrogancia de César y de su capacidad para fascinar incluso a sus enemigos. Una
vez libre reunió un pequeño ejército, fletó barcos y arremetió contra los
piratas, a los que venció, quedándose él y sus soldados con todo cuanto poseían.
Los supervivientes de la aventura fueron finalmente crucificados en Mileto, y
César emprendió una inmediata campaña contra Mitrídates, que volvía a
levantarse contra el imperio. Desconocía entonces el testamento de Nicomedes,
hecho de singular importancia para él, ya que el rey de Bitinia le dejaba un
legado que, junto con el botín de los piratas, saneaba su situación económica,
siempre maltrecha.
No obstante, la campaña contra Mitrídates fue confiada a
otras manos, porque la muerte en el 74 de su tío Aurelio Cota dejaba vacante un
cargo en el Colegio de Pontífices de Roma, cargo que solicitó y que le fue
concedido, como también, al año siguiente, el de tribuno militar. Estas
designaciones no hicieron más que acelerar la carrera política de César. En el 68
era cuestor y viajó a la Hispania Ulterior. Se cuenta que César lloró ante la
estatua de Alejandro Magno, erigida en la ciudad de Cádiz, pensando en qué poco
podía parangonarse su carrera con la del conquistador de Oriente y cuánto
deseaba emular en su fuero interno al invencible general macedonio. En cierta
ocasión quedó trastornado por un sueño en el que aparecía violando a su propia
madre, pero los adivinos le profetizaron por ello buenos augurios, puesto que
interpretaron que la madre simbolizaba la Tierra, madre de todas las cosas, y
ello significaba que se adueñaría del mundo. Y lo cierto es que,
vertiginosamente, fue acumulando dignidades en los años sucesivos. En el 65 fue
designado edil curul; en el 63 murió el presidente del Colegio de Pontífices, y
César, con veintisiete años, presentó su candidatura enfrentado a Catulo,
dirigente de los optimates.
César sabía que emprendía una aventura económica (la lucha
por el poder exigía siempre dinero) y que si perdía sería implacablemente
perseguido. Pero la elección mostró la popularidad de que gozaba entre el
pueblo, y fue nombrado pontifex maximus. La pretura, el peldaño inmediatamente
anterior al consulado, llegó en el 62, y fue enviado como propretor a Hispania
Ulterior, territorio que ya conocía muy bien, donde no sólo hizo sólidas
amistades, sino que enriqueció el erario público, con gran satisfacción de
Roma, y fortaleció notablemente su pecunia personal y su capacidad de mando
sobre un gran ejército, condición indispensable para el éxito político en Roma.
Cuando en el año 60 regresó a la Ciudad Eterna, el camino estaba abierto para
la gran aventura.
El triunvirato y la guerra de las Galias
El paso a la condición máxima de cónsul lo dio en el año 59.
Consciente de las fuerzas del Senado (dominado siempre por los conservadores),
en el que César se había librado inteligentemente de sus desafortunadas
vinculaciones con el rebelde Catilina, comprendió que sólo una alianza entre
poderosos podía neutralizar a los équites. Propuso entonces a su viejo amigo y
valedor, Craso, constituir, juntamente con Pompeyo, una sociedad de defensa
mutua que los obligara a actuar siempre por unanimidad (institución luego
conocida como «triunvirato»). La alianza fue efectiva y César, en compañía de
Calpurnio Bíbulo (un candidato de los équites), fue designado cónsul.
El triunvirato se fortaleció, además, con el matrimonio de
Pompeyo con Julia, la hija de César. César, a su vez, se casó con Calpurnia.
Había repudiado por infidelidad a Pompeya, su segunda esposa, en el 62, después
de un escandaloso episodio: durante los misterios de la Bona Dea, una fiesta
nocturna exclusiva para mujeres que tenía lugar en casa del propio Julio César,
una de las sirvientas descubrió la presencia de un intruso disfrazado de mujer,
Publio Clodio, lo que provocó la indignación de las asistentes. Se acusó a
Pompeya de ser amante de Clodio, extremo éste que nunca pudo probarse. César no
quiso dar crédito a la denuncia y absolvió a ambos del delito de adulterio en
el que se habían visto inculpados. Todo el mundo se asombró de que aun así
repudiara a su esposa, pero él contestó con una frase que se ha hecho famosa:
"la mujer de César no sólo debe ser casta, sino parecerlo".
La legislación progresista de César tenía una base agraria.
Hizo votar leyes de reparto de tierras a los veteranos y de asentamiento de
colonos en tierras conquistadas, práctica que luego se extendió a toda Italia,
concediendo además a los colonos la plena nacionalidad romana. Bíbulo, ante la
imposibilidad de oponerse a César, optó por el retiro. El tribuno de la plebe,
Publio Vatinio, antiguo amigo y asociado de César, a fin de evitar el juicio de
César por los conservadores después de su consulado, propuso una ley que el
Senado no pudo sino aprobar, por la que se le concedían en calidad de procónsul
(lo que impedía su juicio posterior), y por el término de cinco años, tres
legiones, las provincias de las Galias cisalpina y transpadana y la Iliria.
Estas concesiones fueron renovadas por cinco años más en abril del 56, en la
reunión de Lucca, a la que asistieron los «triunviros».
Craso, mientras tanto, seguía destinado en Siria, donde
dirigió la guerra contra los partos y en la que murió en el 53, y Pompeyo
continuaba en el proconsulado de Hispania. Estas condiciones permitieron que César
se hiciera con todo el poder. Para ello todo medio podía ser útil: como
pontifex maximus autorizó a Clodio, antiguo amante de su esposa Pompeya, a que
fuese adoptado por un plebeyo, para poder así, a pesar de su condición original
de patricio, acceder al cargo de tribuno de la plebe. Y así fue como el
agradecido Clodio se ocupó de limpiar de enemigos el camino de César.
Campamento romano
Ya en su provincia de la Galia, César parecía decidido a no
intervenir en problemas bélicos, pero lo hizo cuando así lo pidieron sus
habitantes. Los eduos comenzaban a sentir la amenaza de los helvecios, los
cuales a su vez buscaban nuevos territorios, empujados por la invasión de los
germanos acaudillados por Ariovisto. Las legiones de César acudieron en ayuda
de los eduos, y vencieron a helvecios y suevos. Esto marcó el comienzo de la
ocupación sistemática de la Galia por las fuerzas de César, ayudado por sus
lugartenientes Labieno y Craso.
Fue una lucha prolongada en la que el país fue literalmente
saqueado, un tercio de su población murió luchando y otro tercio probablemente
fue vendido como esclavo. Sucesivamente, en acciones en las que César conoció
también la derrota, fueron sometidos todos los pueblos galos. En medio de esta
lucha, entre los años 55 y 54, César desembarcó en Inglaterra y peleó hasta más
allá del Támesis, pero finalmente tuvo que retirarse. Al año siguiente
(invierno del 54-53), volvió a agitarse la Galia. Se sublevaron eburones y
trevinos, y finalmente todos los pueblos galos, bajo el caudillaje de
Vercingetórix. Los romanos conocieron el desastre en la batalla de Gergovia,
pero las fuerzas de Vercingetórix fueron sitiadas largo tiempo y finalmente
vencidas en Alesia. La rendición de los belovacos (belgas) en Uxellodunum (51)
puso punto final a la dominación de las Galias, aunque el sometimiento total
sólo se logró en el invierno de diciembre del 51 a febrero del 52, tras reducir
pertinaces focos de resistencia.
Los soldados romanos salieron enriquecidos de estas
campañas; los oficiales, naturalmente, aún más. César saneó sus finanzas,
enriqueció las arcas del Estado, fue largamente generoso con sus amigos y hasta
reservó una importante cifra para el futuro. Inundó con tanto oro la ciudad de
Roma, que el noble metal se depreció en por lo menos un treinta por ciento. La
guerra de las Galias fue registrada en De bello gallico, una de las dos obras
conservadas de César, escrita en 52-51, que no sólo es el documento más valioso
para el conocimiento de aquel hecho, sino que también debe ser considerada como
una pieza maestra del latín clásico.
La guerra civil
La otra obra conservada de Julio César, De bello civili,
literariamente inferior a la primera, tal vez porque no tuvo siquiera tiempo de
revisar sus manuscritos, se refiere a los hechos que cubren la guerra civil
entre los años 49 y 45. El inmenso poder acumulado por César provocó el pánico
del partido senatorial, sus enemigos de siempre. Por otra parte, muchos republicanos
vieron en este poder el más grave peligro para la república. Y además,
circunstancias internas tenían convulsionada a la ciudad. El Senado designó en
el 52 a Pompeyo como cónsul único, y cuando el bando senatorial volvió a
sentirse fuerte, entre el 51 y el 50, Pompeyo (ahora enemigo de César) le pidió
que licenciara a sus legiones y regresara a Roma.
En esa tesitura, vacilante e indeciso, Julio César se
hallaba frente al pequeño río Rubicón, que separa la Galia Cisalpina de Italia,
cuando, según unos por su proverbial osadía y según otros por imperativo de los
hados, fue presa de un impulso irrefrenable y arrastró sus tropas tras de sí
exclamando Alea jacta est (¡la suerte está echada!). Esta acción desencadenaría
la guerra civil: ocupó Picenas, Umbría y Etruria, se dirigió a Brindisi a
interceptar el paso a Pompeyo, aunque no lo consiguió, y volvió sobre sus pasos
para entrar en Roma, convocó al Senado e impuso sus condiciones.
César cruza el Rubicón
La batalla definitiva tendría lugar en Farsalia, epopeya
cantada por Lucano en versos inmortales. El poeta describe a Pompeyo "en
el declinar de sus años hacia la vejez", como "sombra de un gran
nombre", y a César como "fogoso e indomable", un hombre que
acudía a actuar "dondequiera que le llamara la esperanza o la
cólera". Allá se encontraron "enseñas leonadas frente a enseñas
iguales y hostiles, idénticas águilas frente a frente y picas amenazando
idénticas picas". César venció y Pompeyo huyó a Alejandría, donde murió el
28 de septiembre del año 48 a.C. a manos de soldados de Ptolomeo, quien
mantenía un contencioso con su hermana y esposa, Cleopatra, sobre el trono de
Egipto. César llegó a Egipto y al enterarse del trágico final de Pompeyo lloró
su muerte.
César en Egipto
César llegó a Egipto acompañado por dos legiones, la décima
y la duodécima; en total, unos seis mil hombres. Tras acomodar a sus hombres en
el palacio real, se dispuso a poner orden en la difícil situación interna del
país del Nilo, dividido por el enfrentamiento entre los dos hermanos y esposos
reinantes, Ptolomeo XIII y Cleopatra VII. César y Cleopatra mantuvieron una
intensa y famosa relación amorosa que daría como fruto un hijo: Cesarión. César
dio el trono a Cleopatra (47 a.C.), lo que, unido a la presencia de las tropas
romanas en el palacio de los faraones y a la deposición de Ptolomeo XIII, hizo
que el pueblo, dirigido por los consejeros fieles al rey, se amotinase y
tratase de tomar el palacio.
Durante cuatro meses, César resistió atrincherado en el
palacio frente a los sesenta mil hombres del egipcio Aquiles. Finalmente,
cuando llegaron los refuerzos dirigidos por Mitridates de Pérgamo, César
protagonizó una de sus geniales acciones militares y logró atravesar el cerco
egipcio para reunirse con Mitridates, tras lo cual las fuerzas combinadas de
ambos destrozaron a las tropas egipcias en una sangrienta batalla en la que
falleció Ptolomeo XIII. Cleopatra se trasladó después a Roma, donde vivió hasta
la muerte del dictador.
Aquella guerra entre romanos no había terminado aún. César
desempeñaba su tercer consulado cuando tuvo que volver a luchar contra las
fuerzas senatoriales en Tapso, en abril del 46, y contra las últimas fuerzas de
los hijos de Pompeyo en Manda, en marzo del 45, cuando ya era cónsul por cuarta
vez. En términos guerreros no quedaba prácticamente nada por hacer. Incluso en
medio de la guerra civil, en el 47, había derrotado definitivamente a Farnaces,
el eterno enemigo rey del Ponto. Cinco días después de llegar, le presentó
batalla y en unas cuantas horas devastó las tropas enemigas. Inmediatamente
cursó al Senado romano una célebre y lacónica relación de los hechos: veni,
vidi, vici, (llegué, vi, vencí). Jamás fue derrotado personalmente en ningún
combate que entablase, aunque sí lo fueran sus generales.
El asesinato
César fue, pues, dueño absoluto de la república romana y del
mundo mediterráneo. Se había cumplido el sueño de su juventud: la totalidad del
poder, dentro del marco legal de la república. César era imperator y dictador.
Como tal, volvió a ejercer su típica clemencia con sus enemigos; no olvidó su
política agraria y de asentamiento de colonos; aumentó el número de fiestas
populares, aunque cuidándose de no incurrir en gastos ruinosos para el Estado;
dispuso normativas económicas y financieras que protegían a los menos fuertes,
trató de morigerar el lujo de los poderosos y limitó los gastos en banquetes;
diseñó profundas transformaciones políticas, dictó leyes que ampliaban la
ciudadanía romana a capas más vastas de la población, y comenzó a pensar en un
mundo distinto al hasta entonces conocido dentro de los límites de la ciudad
romana.
César estaba convencido de que, para mantener el dominio en
Oriente y poder llevar a cabo con éxito la expedición final contra los partos
(la única amenaza para el imperio), necesitaba ser rey absoluto fuera de los
confines territoriales de Roma. Y éste fue el detonante. Unos sesenta miembros
de familias importantes, casi todos senadores, se conjuraron para eliminar a
César y restaurar la legitimidad y legalidad de la república, temerosos de que
la abrumadora acumulación de cargos y privilegios que recaían en su persona
terminase por darle la puntilla a la desvencijada República y César se
proclamase a sí mismo rey.
De hecho, algunos comentaristas ponen en su boca estas
jactanciosas y desafiantes palabras: "La República no es nada, es sólo un
nombre sin cuerpo ni figura". Pero para muchos de ellos fue sin duda un
pretexto que disimulaba sórdidos resentimientos y apetitos. Dirigían la conjura
Casio, Bruto y Casca. Bruto era hijo de Servilia, la más famosa de las amantes
de César, y el propio Julio César lo había acogido como hijo adoptivo y colmado
de honores. Casio había luchado junto a César siempre en busca de botín, por lo
que no fue difícil comprarlo. Casca, por último, era un tradicional enemigo de
Julio César. Probablemente, otros conjurados no tenían otro objetivo que el de
eliminar al dictador y se comprometieron, como impuso Bruto, a respetar a su
lugarteniente Marco Antonio.
César concurrió al Senado el día 15 (los idus de marzo) a la
sesión que discutiría la expedición contra los partos. Fue al Senado a pesar de
los ruegos de Calpurnia en el sentido de que no lo hiciera, ya que durante la
noche había tenido sueños premonitorios. Alguien retuvo a Marco Antonio en la
antesala del Senado. Cuando César se hubo sentado, lo rodearon y lo atacaron
con sus puñales y dagas. Según la tradición, ante la puñalada de Bruto, César
exclamó kai su teknon, frase en griego que posteriormente se latinizó en la
famosa ¡tu quoque, fili mi! (¡tú también, hijo mío!). César emitió un quejido a
la primera puñalada, luego se mantuvo en silencio.
Muerte de Julio César (Vincenzo Camuccini, 1798)
Había recibido 23 puñaladas; posiblemente una sola de ellas
había sido mortal. Mientras los aterrorizados senadores huían (hecho que no
entraba en el plan de los conjurados), César, envuelto en su toga, caía al pie
de la estatua de Pompeyo. La sanguinaria escena, augurada por los adivinos y
que desataría una nueva guerra fratricida, acredita, siguiendo la descripción
de Suetonio, la postrera elegancia del héroe: "Entonces, al darse cuenta
de que era el blanco de innumerables puñales que contra él se blandían de todas
partes, se cubrió la cabeza con la toga, y con la mano izquierda hizo descender
sus pliegues hasta la extremidad de las piernas para caer con más
dignidad." El hombre que había ganado un mundo y había contribuido a
modificar irreversiblemente el destino de Occidente y de buena parte de Oriente
era ya nada más que un despojo sangrante.
El 17 de marzo el Senado se reunió de forma urgente para
tratar la crítica situación del estado a raíz del asesinato de César. Se
aprobaron medidas de compromiso entre los dos bandos opuestos: los tiranicidas
no eran castigados y, a su vez, no se condenaba ni la persona ni la obra de
César. El poder recayó en Marco Antonio, que en ese momento ocupaba el
consulado junto con César. El testamento de César legaba 300 sestercios a cada
ciudadano necesitado de Roma y entregaba sus jardines del Trastevere al pueblo
romano, lo que estimuló la devoción popular por su figura hasta extremos
impresionantes; se pidió la ejecución de los tiranicidas y se rechazó el
compromiso de Marco Antonio con los asesinos de César, lo que a la larga le
costaría el poder. Al no tener César herederos varones, en su testamento quedó
establecido que su sobrino nieto, Octavio, se convirtiera en su sucesor.
Octavio llevaría a cabo las reformas de César y se convertiría en el primer
emperador de Roma, con el nombre de Augusto.




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